MOJARSE LOS PIES

¿Cuántas veces hemos dudado en empezar algo a favor de la obra de Dios, esperando que el Señor haga algo que nos indique, específicamente, cuando es el momento de actuar?

En el libro de Josué 3.14-16 podemos ver el momento en el que por segunda vez el Señor muestra su control sobre las masas de agua, está vez en el río Jordán, justo antes de que el pueblo de Israel entrara a la “Tierra Prometida”.

“Aconteció que cuando el pueblo partió de sus tiendas para pasar el Jordán, con los sacerdotes delante del pueblo llevando el Arca del pacto, y cuando los que llevaban el Arca entraron en el Jordán y los pies de los sacerdotes que llevaban el Arca se mojaron a la orilla del agua (porque el Jordán suele desbordarse por todas sus orillas todo el tiempo de la siega), las aguas que venían de arriba se amontonaron”

Resulta que el pueblo que acompañaba a Josué en la aventura de conquistar la tierra prometida no era el mismo que tanto había fastidiado a Moisés durante cuarenta años en el desierto. Esa generación pasada, según el mismo testimonio del Señor, era una generación perversa, completamente falta de fe. Este nuevo pueblo, en cambio, había aprendido, a los golpes; quizás, la importancia de obedecer los mandamientos de Jehová. Aun así, el desafío que el Señor ponía delante de ellos no dejaba de tener verdaderos elementos de riesgo, como ocurre hasta el día de hoy con cualquier aventura de fe. Las instrucciones que el Señor le había dado a Josué era que los sacerdotes tomaran el Arca y cruzaran el río. Les había informado que el río se abriría delante de ellos, permitiendo el paso de todo el pueblo que les acompañaba. No obstante, los sacerdotes debieron entrar al agua y mojarse los pies antes de que ocurriera el milagro prometido.

Congelamos ese preciso momento en el que los pies de los sacerdotes entran al agua y esta golpea sus tobillos. Ese es el instante previo a la intervención divina del Señor, ese en el que somos más susceptibles a abandonar los proyectos que queremos realizar. Ese instante en el tiempo en que nos asaltan las dudas y el temor se apodera de nuestro corazón. Dios ha prometido abrir las aguas, pero ya estamos en el río y aún no pasa nada. Si seguimos, tal vez nos tocará nadar. ¿Habremos interpretado correctamente lo que él quería que hiciéramos? Y como si fuera poco no tenemos experiencias anteriores similares como ejemplos para animar nuestra fe. Si ponemos atención, ninguno de los presentes, excepto Josué y Caleb, había visto alguna vez el control de Dios sobre las aguas para dar paso al pueblo escogido.

Nos encanta el final de la historia cuando todos con gran alegría se encuentran ya al otro lado del río. Nos gusta ser contados entre los que celebran gozosos por lo que Dios hizo. Sin embargo son pocos los que están dispuestos a “mojarse los pies” es decir, a jugarse el todo por el todo por esos proyectos “alocados”, especialmente cuando el punto de riesgo está en lo más alto. Esa etapa en la aventura es probablemente la más incómoda para el discípulo. Pues corre el peligro de hacer el ridículo frente a los demás. Pero es en eso, precisamente, que se nota la diferencia en la vida de un cristiano comprometido. No duda a la hora de avanzar en aquellas cosas que el Señor le ha puesto delante. Al igual que Josué, no presta atención a las voces atemorizadas que se alzan en su interior. Más bien, es alguien que conoce perfectamente en quién ha depositado su confianza. ¿No estás tan seguro de dar el siguiente paso? ¡Hazlo! ¿El Señor te invita a seguirlo, pero no sabes cómo va a reaccionar tu familia? ¡Síguelo! ¿Quieres servir en un ministerio, pero te da miedo? ¡Adelante! Recuerda que solo los valientes arrebatarán el reino de los cielos y alguien dijo por allí que “la valentía no es la ausencia de temor, sino el manejo adecuado del temor”.


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